— Quizás el tiempo sea el que ponga todo en su lugar, quizá pueda pedirle una tregua al dolor, quizá fuera mejor vivir en soledad.
— ¿Qué dices Tomás? No te das cuenta de lo que estás pidiendo, la soledad te consumiría poco a poco, quitaría tus ganas de vivir, de sentir, de amar. Ahogaría tus esperanzas y tus sueños sacando a flote tus miedos... No serías feliz.
— ¿Feliz? —Tomás dio una sonora y amarga carcajada antes de tomar su copa de whisky en la mano y mirar fijamente a Paula— Como si lo fuera ahora acompañado de gente. En realidad no cambiaría tanto mi mundo porque ya siento todo aquello que dices. La gente está alrededor, deambulan y acuden de vez en cuando a mi porque algo les ocurre o porque necesitan de mi ayuda. Otros, aparentando preocupación, fuerzan un interés fingido para cumplir con las formalidades y evitar tensiones, salvaguardando así la posibilidad de pedirme algo en el futuro. El interés rige el guión de hoy en día, ya nadie te quiere por lo que eres sino por lo que les puedes dar o por lo que quieren de ti. Ni siquiera acudirían a mi si no tuviera esta posición, si no tuviera poder, si no les fuese útil. ¿Y tú crees que puedo ser feliz en una sociedad así? Yo ya estoy en soledad. Estamos solos desde el mismo momento que nacemos, desde el primer suspiro que arrebatamos a la vida. Paula, somos seres individuales condenados a seguir nuestro propio camino, y la vida que inocentemente creemos gobernada por el amor no es más que la lucha por disfrazar la soledad de compañía. No seas ilusa por favor, si incluso tú estas aquí por algo... Dime sino qué haces aquí después de tanto tiempo sin querer saber de mi.
— Estoy aquí por ti, porque me importas y porque quiero ayudarte. Mírate, estas perdido Tomás. Jamás creí que llegaría a verte de esta manera, consumido por tus falsas ideas sin darte cuenta de que todos te quieren mucho más de lo que llegas a ver.
— ¿Perdido yo? —Una segunda carcajada más sonora aún que la anterior salió de su garganta— Te equivocas, yo he despertado en cierto modo, ahora veo las cosas claras mientras vosotros seguís con un manto sobre los ojos. Tristemente os engañáis a vosotros mismos para proteger aquella quimera que llamáis felicidad. Márchate. No intentes convencerme Paula, no tiene sentido. Mis falsas ideas como tú las llamas se han hecho a conciencia año tras año un hueco demasiado profundo en mi mente, arrancarlas ahora sería quedarme vacío. Por lo menos ellas, aunque dañándome, me acompañan a todas horas sin dejarme solo jamás.
Paula con la tristeza dibujada en el rostro y con un profundo llanto contenido aún en su mirada de ojos verdes, se levanto de la silla y se puso su abrigo dispuesta a marcharse porque ya nada podía hacer por él. Al darse cuenta de que Tomás era el único capaz de ayudarse a sí mismo y que probablemente no se ayude nunca, su cóctel de tristeza sumó además la impotencia por no poder hacer nada y estalló inevitablemente en una lágrima, de esas que te desgarran poco a poco el alma cuando sientes su húmeda caricia en la cara.
Con la mano en el pomo de la puerta medio cerrada giró por un instante la vista atrás a modo de despedida y contempló la imagen de un hombre acompañado únicamente de la penumbra del lugar, que miraba la nieve caer por la ventana deseando ingenuamente recuperar la primavera ya pasada. Un hombre que poco a poco e irremediablemente se iba consumiendo en su amarga soledad al mismo tiempo que se vaciaba su botella de whisky.
— Adiós Tomás querido amigo, mi amor... Adiós.