lunes, 12 de agosto de 2013

¿Presagio o casualidad?

Todo empezó y terminó con un paquete de Lucky strike.


     Ese día se despertó a media tarde con el estrepitoso sonido del timbre, aún medio dormida y con un ojo cerrado alcanzó a contestar la llamada.

     – ¿Sí? Hola, ¿qué tal?... No, que va. Hace mucho que estoy despierta, estaba ordenando un poco todo... No, creo que no tenía nada planeado ¿por?... Pues no sé, déjame comprobarlo... Emm... No, nada... Vale, perfecto. ¿A qué hora?... Sí, me parece bien... Okey, ¿nos vemos donde siempre?... Vale. Hasta entonces, un beso... Adiós.

     Se levantó parsimoniosamente de la cama, aún quedaban varias horas para salir y no tenía ganas de nada. Al hacerlo, las sábanas blanco satén se enredaron entre sus pies hasta que cayeron por completo al suelo. Cuando se agachó a recogerlas vio, entre las sombras de la parte baja de la cama, el rojo de un paquete de tabaco. – Seguramente esté vacío –pensó– o quizá no.

     Quiso comprobarlo así que se metió bajo la cama y estirándose lo alcanzó, pero al volver a salir se arañó la espalda con la madera – ¡Ahh! Creo que alguien va a tener un mal día –dijo lamentándose– bueno, por lo menos el paquete está lleno.

     Abrió la cajetilla y sonrió mientras sacaba el primer cigarrillo del paquete para girarlo y volverlo a guardar con el filtro boca abajo, de tal manera que el tabaco se viera. Hacía mucho que no fumaba pero aún se acordaba de aquel ritual que ingenuamente seguía creyendo que le traería suerte. Dejó el paquete y se dirigió a la ducha, el agua templada, el jabón y la suave caricia de sus manos era algo realmente relajante... demasiado quizás. Al mirarse al espejo comprendió que esa noche sería especial, se veía distinta. Seguía siendo ella pero algo más bonita. Sus labios poseían el color y la frescura de las rosas, sus ojos claros brillaban especialmente y su largo pelo caía en suaves ondas sobre su espalda desnuda. Pocas veces se había visto así. Una repentina alegría la invadió por completo, quizá por autocomplacencia, quizá por vanidad o tal vez por saberse ella misma, otra vez. Miró el reloj.

     – ¡Qué tarde es! No llegaré a tiempo.

     Salió de casa con su vestido corto de seda, sus tacones negros y, cómo no, con su chaqueta de cuero. Al caminar iba con la mirada fija al frente pero consciente de que la miraban pasar, ¿autocomplacencia otra vez? –puede ser– pensó mientras exhalaba el humo de su primer cigarrillo. Sus pulmones le dieron la bienvenida de nuevo a la nicotina que conquistó desde dentro poco a poco poro a poro de su piel con la urgencia propiciada por el largo período de abstinencia. Esa placentera sensación fue realmente reconfortante.

     Al llegar al garito consiguió entrar sin esperar apenas, tenía la sensación de que todo iría rodado esa noche pero se equivocaba. Entró con la alegría abarrotada y, sin saberlo, saldría con el alma destrozada. Aún así esa noche sería especial. Dentro, buscó entre la multitud al responsable de que ella estuviera allí, el que había insistido tanto en verla, aquel que, sin ella saberlo aún, le ayudaría a ser feliz… pero no lo encontró. –Qué raro, tal vez se ha retrasado– pensó. Salió fuera para poder llamar pero sólo se escuchaban los largos pitidos del teléfono, parecía que nadie iba a contestar. Mientras caminaba esperando la voz que respondiera alguien tocó de repente su espalda. Contenta y sorprendida se giró segura creyendo que era aquel a quién esperaba, pero en lugar de eso se llevó una sorpresa. Un apuesto chico de sonrisa pícara mantenía la mirada fija en sus ojos y la mano, sin saberlo, sobre el arañazo de su espalda. El calor de su mano atravesaba la chaqueta de cuero y lejos de lastimar parecía calmar la herida. ¿Presagio o casualidad?

     – Hola, perdona si te he asustado. Se te ha caído esto mientras caminabas.
     – ¿El qué?... –
alcanzó a decir intentando vencer la sorpresa y comprender lo que estaba pasando– Oh, sí. Mi paquete de Lucky, muchas gracias.
     – De nada, ¿sueles venir por aquí a menudo? No te había visto antes. Por cierto me llamo Raúl.
     – Encantada, yo soy Cristina –Dos cortos besos sellaron la presentación– Hace ya algún tiempo que no volvía por aquí. Hoy he quedado con alguien pero parece que se retrasa –Dijo volviendo la vista al garito– Toma, te lo debo por haberme dado la cajetilla, ¿fumas?.
     – Sí, gracias. No ha sido nada pero te lo acepto así te acompaño en lo que esperas y hablamos un poco, ¿te apetece?.

     De esta forma empezó la típica conversación-interrogatorio que aparece cuando dos personas se están conociendo: un cruce de respuestas y preguntas triviales que esconden cierta intención mezclado con las risas y miradas cómplices de ambos. La curiosidad del uno por el otro era notoria y la conversación fluía tan bien que incluso les llevó a perder la noción del tiempo.

     – ¡Qué tarde es! –exclamó Cristina mientras miraba su móvil– Tengo un mensaje nuevo, no me había dado cuenta. Mmm... La persona con la que quedé no va a venir, ha tenido que ir al hospital con su hermana y se ha extendido la revisión.
     – Lo siento, ¿es grave?
     – No creo, son controles rutinarios. Ella está enferma pero necesita de alguien que la acompañe a veces.
     – Bueno, pues ya que no tienes planes... ¿qué te parece si aprovechamos la noche y celebramos habernos conocido?, te invito a dar una vuelta y a conocer Barcelona como nunca antes. ¿Aceptas? –preguntó con una franca sonrisa y los ojos fijos en los de Cristina.
     
– Claro, por qué no. Siempre se puede ver algo nuevo en esta ciudad, pero antes de irnos paso un momento dentro que voy al servicio.
     – Vale, aquí te espero... ¡No tardes!

     Cristina estaba confundida, aquel chico tan atento y amable era todo lo contrario a Marcos, el típico chulo prepotente que decía quererla. –Ojalá pudiese verlo ahora Sin saberlo su deseo se haría realidad. Al entrar al baño se encontró con una pareja semivestida besándose apasionadamemente. Por un momento sonrió al contemplar la escena pero rápidamente la sonrisa desapareció de su boca y se convirtió en un grito mudo acompañado de lágrimas. Salió corriendo de ese lugar, no quería estar allí. Se negaba una y otra vez a sí misma lo ocurrido No puede ser, no puede ser... Él... Él no Pero poco se puede hacer cuando la realidad es tan grande que te consume por dentro. A la salida del garito estaba Raúl que, al verla llorar, corrió tras ella preguntándose qué había ocurrido. 

     –Cristina espera, Cris... ¿Estás bien? Dijo mientras la abrazaba. Acto seguido, al darse cuenta de lo que estaba haciendo pensó– No puede ser, apenas la conozco. ¿Cómo es posible que me importe tanto?.

     Los dos conformaban una bonita postal, sus siluetas juntas en la noche parecían entenderse a la perfección, como sí se conocieran de siglos atrás, pero solamente eran amigos desconocidos... conocidos extraños.

>>> 2:45 AM - Aún queda medio paquete de Lucky. 


Continuará…